Quique Serrano Artesano de Historias

 

Historias hay muchas.

Como la tuya, sólo una.

Te ayudo a vender con tu historia.

Storytelling del bueno.

 

Te han contado cientos de historias.

O miles.

O millones.

Tú mismo las has contado.

Aun así, sigues pensando que no tienes historias que contar, que eso es cosa de otros.

Crees que todo lo que te ha ocurrido en tu vida, en tu carrera y en tu negocio es normal, gris, aburrido. Que no es digno de ser contado.

Además, tu mente te machaca con una pregunta: ¿a quién le interesa mi historia?

Déjame que te diga una cosa:

Te equivocas.

Tu historia sí que es interesante.

La historia de tu negocio, de tu marca, sí que es digna de contar.

Es más: puedes ganar mucho dinero si aplicas el storytelling a tu negocio.

Y ojo, no es palabrería barata de Instagram, de esas frases de “si quieres, puedes” y de “que todo fluya y nada influya”.

Va en serio, te cuento por qué:

Historia puerta
Hasta las puertas tienen su historia

 

Dadme una historia y moveré el mundo.

Me lo pasaba muy bien en el colegio.

¿Era un empollón? No lo creo, pero me gustaba aprender.

En mi colegio había un profesor que se llamaba D. Eustaquio.

Sí, “Don” Eustaquio, así de serios éramos.

Ahora lo mismo suena raro, pero es que soy de la era del fax y la máquina de escribir, no de la del WhatsApp y el Insta.

Don Eustaquio era buen tipo. Con sus gafas de pasta y una sonrisa inocente, llegaba todos los días al colegio en un Renault 5 amarillo limón.

Pues D. Eustaquio nos habló un día de Arquímedes.

Nos contaba aquello de que Arquímedes descubrió una de sus leyes mientras estaba en la bañera. Después salió en pelota picada por toda Atenas gritando aquello de “¡eureka, eureka!”.

También fue él (Arquímedes, no D. Eustaquio) quien dijo “dadme una palanca y moveré el mundo”. Y D. Eustaquio nos contaba el episodio de una manera tan clara que todos veíamos a Arquímedes sudando la gota gorda para levantar una bola del mundo.

¿Resultado?

Llegaron las notas de Matemáticas a mi clase.

Hubo de todo, como en botica.

Sonrisas, lágrimas, cabreos, pataleos y hasta aplausos.

Pero todos, sin excepción, aprendimos perfectamente quién era Arquímedes.

Porque lo que hizo D. Eustaquio, con sus gafas de pasta y su sonrisa inocente, fue crear en todos nosotros una imagen de Arquímedes contándonos historias sobre él.

Historias.

Storytelling made in Don Eustaquio.

Porque las personas están (estamos) programadas para contar y escuchar historias.

Y recordamos esas historias.

Las recordamos tanto como tú quieres que recuerden tu marca.

Porque si la recuerdan es mucho más probable que te compren.

Así que las historias son la palanca que mueve el mundo.

Gracias, Arquímedes.

Gracias, D. Eustaquio.

 

 

No escondas la historia de tu marca.

No sé si es modestia o es que no valoramos nuestro progreso, pero nos empeñamos en creer que somos como los demás.

Es cierto que, objetivamente, la mayoría de los mortales somos muy parecidos.

Pero siempre hay algo que te hace diferente.

Tu negocio también tiene una historia única.

Te has matado por tu negocio. Las has pasado canutas muchos días y has estado cerca de tirar la toalla en más de una ocasión, ¿me equivoco?

Eso significa que tienes una historia y que deberías aprovecharla para vender más y mejor.

¿Cuántas veces has oído aquello de que Inditex empezó siendo un pequeño taller de costura?

¿O que BMW empezó fabricando hélices de aviones y, años después, le dio por fabricar coches y fíjate dónde han llegado?

“Es que eso es Inditex. O BMW. Están a otro nivel” – me dirás.

Pues claro, están a otro nivel… ahora.

No digo que vayas a conseguir hacer de tu empresa un Inditex (o sí, quién sabe), pero si te rindes antes de luchar no sabrás de lo que eres capaz.

Porque es que todos tenemos una historia. Todos.

Inditex no empezó con una historia glamourosa, llena de brilli brilli, y tampoco se abrieron los cielos y bajaron ángeles alados el día que inauguraron el primer Zara.

No. Empezaron como todos. Como tú.

Sudaron tinta china para sacar su empresa adelante, se dieron cientos de trastazos y siguieron mirando al frente.

Ahora cuentan su historia.

Y la cuentan bien.

¿Tú la cuentas? ¿O la escondes?

Si no la escondes, sigue leyendo.

 

 

 

El ¿error? que me llevó a ser artesano de historias.

Siempre me gustó leer.

Con el tiempo aprendí a escribir, y también me gustó. Quizá más que leer incluso.

Disfrutaba escribiendo y, además, hacía disfrutar a los demás escribiéndoles historias.

Quería ser escritor.

Pero eran otros tiempos y la información era limitada.

No había Internet y la únicas fuentes fiables eran mi familia, mis profesores, algunos amigos…

Todos ellos coincidían en una cosa:

Hacerme escritor sería una cagada monumental. Era el pasaporte a morirme de hambre y de sed.

Así que decidí que aquello de la escritura era simplemente una afición y estudié Empresariales. Bueno, ADE. O LADE, como se llame ahora.

Trabajé muchos años en finanzas, trabajando para bancos y gestoras de fondos.

Fueron más de dos décadas increíbles, en las que me ha pasado de todo, pero puedes imaginarte que mis trabajos fueron de todo menos creativos.

Pero yo encontraba historias en todos esos puestos. Las encontraba y las contaba. Unas veces a mi familia, otras a mi pareja y otras a mi almohada.

Contar historias seguía siendo para mí un refugio, una ventana a lo creativo.

Me gustaba el storytelling mucho antes de haber oído esa palabra.

Un día me enteré de que, allá por Estados Unidos, había gente que se dedicaba a escribir para vender. Textos persuasivos destinados a convencer a potenciales clientes de una empresa para que comprasen sus productos.

Eran los copywriters.

Vivir de escribir.

Vivir de contar historias para vender.

Sonaba a música celestial, con sus angelitos tocando el arpa y todo.

Vivir de hacer lo que, hasta ese momento, había hecho por afición y, por supuesto, sin cobrar.

¿Fue un error dedicarme tantos años a las finanzas?

No lo sé realmente, pero le dije “chao pescao” al último banco en el que estuve y me puse a escribir.

Sí, a eso me dedico, a escribir y a contar historias.

Me hice artesano de historias.

Para personas como tú y para marcas y negocios como el tuyo.

Oficialmente, llevo disfrutando del storytelling desde hace casi 7 años.

Extraoficialmente, ya lo hacía cuando llevaba pantalones cortos.

Y esto es lo que puedo hacer por ti.

 

 

¿Pintarías tu propio retrato?

No sé si pintas bien o mal, pero la mayoría de la gente no pinta tan bien como para hacerse un autorretrato y colgarlo de su salón.

Si tú eres de la minoría con cualidades para ello, mis disculpas y mi admiración.

Yo no pinto bien. Mejor dicho, pinto fatal. Si hubiera vivido en las cuevas de Altamira durante la Prehistoria, hoy en día pensaríamos que, en vez de cazar bisontes, en aquella época viajaban en moto y criaban jirafas.

Tampoco le diría a nadie que me pintara un retrato. No me gustaría verme en pintura.

Pero si me obligan a tener un retrato, por favor, que lo pinte un profesional, no yo.

Algo parecido ocurre con las historias.

Hablar de uno mismo no es fácil.

Estamos llenos de prejuicios, sobre todo acerca de nosotros mismos, y casi siempre torpedeamos nuestra propia historia, pensando que no hay nada de especial en nuestro negocio.

Mi trabajo consiste en extraer toda esa información, en montar toda la historia de tu marca para vendérsela a tus clientes.

A veces, en el texto de tu web.

Otras veces, escribiendo en tu blog.

En otros casos, redactando los correos de tu newsletter.

Pero siempre escribo para tratar de que tu marca destaque entre toda la maraña de textos que leemos día tras día en Internet.

Porque insisto: tu historia vende.

He visto vender coches con mis textos, sin una sola foto del coche.

He ayudado a que un hotel rural en Extremadura pase de pensar en cerrar a ampliar su número de habitaciones contando su historia.

He comprobado cómo contar la(s) historia(s) de una juguetería online ha servido para que su dueña cumpliera su sueño de vivir de los juguetes a pesar de competir con gigantes como Amazon.

También he enseñado a empresarios y vendedores a escribir para hacer de su historia una fuente de negocio.

No sé pintar, pero sí escribir. Y lo hago bien.

Ahora te toca a ti decidir: ¿eres de los que pintas tu propio retrato, o lo dejarás en manos de un(a) artista?

Si eres de los segundos, soy todo tuyo.

Te espero en quiqueserrano@artesanodehistorias.com y en mi newsletter.

 

Y por si te pica la curiosidad, aquí te cuento de dónde vengo, cuál es la historia del Artesano de historias.

 

 

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